En 1876, por el contrario, se
produce un cambio en las clases dominantes. Haciéndose
en poco tiempo desde esa fecha con la hegemonía la burguesía
vascoespañolista, más concretamente su fracción
oligárquica: la oligarquía industrial y financiera
vascoespañolista que va a prolongar su férreo
dominio sobre la formación social vasca durante cien años.
¿Por qué consigue a partir de 1876 esa burguesía
desalojar del poder político y social a los jauntxos cuando
no lo habia conseguido en 1839 pese a que en ambas ocasiones figuró
en el bando vencedor? Una de las razones es el incremento de su
poder económico durante el periodo 18391876. Del
que, entre otros muchos síntomas, podemos mencionar el
hecho de que la población de la Zona minera e industrial
de la Ría de Bilbao haya pasado de 31.631 habitantes en
1843 a 62.437 en 1877. Pero, sobre todo, el cambio de clase dominante
forma parte del complejo nudo de fenómenos de larga trascendencia
que se producen en 1876. Sin conocer los cuales es imposible
entender el "problema vasco" de hoy mismo.
Empecemos por recordar que 1876
es el año de la derrota carlista y el año en que,
como consecuencia y castigo de esa derrota los Fueros vascos son
abolidos por la ley de 21 de julio de 1876. Las secuelas de esa
derrota y de la forma específica de la guerra que la precede
están todavía hoy presentes en el núcleo
profundo del "problema vasco". Porque la guerra carlista
de 18721876 tuvo una específica y diferencial forma.
De entrada sucedió que el ejército carlista va a
estar encerrado durante años en lo que hoy decimos Euskadi
Sur después de que se hayan hundido otros frentes, los
demás frentes. Pero es que además el partido carlista
va a conseguir desencadenar en esa guerra en Euskadi Sur una movilización
política de masas, un frente popular en el que las masas
populares participan políticamente porque la guerra es
también una guerra civil entre vascos. Y, por ello, política.
Ningún partido político había conseguido
eso antes en España. Todavía en 1872 las masas rurales
vascas suponen el 80 por 100 o más del pueblo vasco. Y
el clero y la clase dirigente vascos consiguen movilizarlas para
una auténtica insurrección. Extramiana ha señalado
que:
"Las masas rurales vascas
emprenden una formidable rebelión cuya amplitud y carácter
masivo le confieren un aspecto liberador. Su aspiración
a una mayor justicia, el hecho de que muchos "ricos"
militen en el campo adverso (que utiliza un contingente militar
venido de fuera a hollar un suelo que ningún ejército
consiguió jamás ocupar impunemente) hacen de la
guerra carlista algo que es en el fondo progresista y hasta patriótico".
(30)
Además la guerra proporcionó
a los vascos la vivencia y el recuerdo de haber tenido un Estado
propio. Los indocumentados periodistas españoles suelen
apostrofar a los vascos "recordándoles" que nunca
han tenido un Estado propio. Sin necesidad de remontarse mil años
al Ducado de Aquitania o al Reino de Navarra, a sólo cien
años de hoy está el Estado carlista. Del que nos
ha dicho Beltza:
"En la última
guerra carlista la mayor parte de la Vasconia Peninsular vivió
durante cuatro años bajo el dominio de un auténtico
Estado carlista. Só1o las capitales quedaron totalmente
libres de la administración de Don Carlos. Este Estado
administró justicia, acuñó moneda, concedió
títulos de nobleza, emitió sellos de correos, tuteló
ciudades y caminos y dirigió un ejército en una
economía de guerra. Organizó la segunda enseñanza
en el Seminario de Vergara y colocó en Oñate las
Facultades universitarias mayores".
Con ser muy importante que el
Estado carlista haya desempeñado todas esas funciones,
típicas de un Estado moderno, que haya controlado telégrafos
y ferrocarriles, es aún mucho más importante que
la coyuntura de estar reducido por fuerza el Estado carlista a
ser un Estado vasco le haya forzado además a ser "un
Estado a la vasca". Extramiana: lo ha precisado con detalle
en su excelente Historia de las guerras carlistas ( L.
Haranburu Editor, San Sebastián, 1980), que venimos citando:
"Si D. Carlos llega
a acuñnar moneda y a dispensar títulos de nobleza,
sus poderes son mas teóricos que reales pues el Estado
central desempeña, en el mejor de los casos, el papel de
coordinador de las Diputaciones, muy celosas de sus prerrogativas.
El poder real de las Diputaciones procede de la misión
fundamental que se han visto obligadas a asumir. Gracias a la
intervención de los hombres que las dirigen, la población
ha seguido a D. Carlos. Esos hombres obtienen los medios indispensables
para desencadenar la insurrección. Reclutan, movilizan
y, a veces, acompañan a los voluntarios al combate; se
atribuyen grados militares. A lo largo de toda la guerra, las
Diputaciones atienden a las necesidades de cuarenta mil rebeldes.
Financian escuelas y hospitales con impuestos y contribuciones
extraordinarias decretados por ellas. Montan fábricas para
elaborar armas, confiscan si es preciso las materias primas indispensables,
requisan medios de transporte, organizan las comunicaciones, las
aduanas, firman acuerdos interprovinciales, dictan reglamentos
para el comercio, desarrollan la administración, dirigen
cuerpos de policía, etc. Incluso Alava, la mas castellanizada,
se arroga los atributos de un Estado. Só1o Navarra da pruebas
de cierta docilidad a las autoridades centrales rebeldes. En
resumidas cuentas, las Diputaciones asumen todos los poderes de
un Estado, pero de un Estado vasco tricéfalo.
Los dirigentes vascos son
gente conocida en sus provincias respectivas. Se trata de propietarios,
de notables, de antiguos elegidos; su prestigio es grande y no
se verá comprometido por la derrota. Sus posiciones son
tan só1idas que, tras la guerra, transferirán sus
poderes con toda solemnidad a los dirigentes alfonsinos que vienen
a sustituirlos.
La guerra ha ofrecido pues
la ocasión a una parte del País Vasco de conocer
una independencia de hecho; las autoridades de la zona carlista
han debido gobernar en las condiciones difíciles de la
guerra. Por su parte, los centros urbanos, ocupados por el Ejército,
se ven obligados a colaborar con foráneos y a apoyar a
un régimen que carece de atractivo. En suma, la guerra
ha sido una rica pero costosa experiencia para todos los vascos."
(31)
En otro lugar de su obra Extramiana
insiste en que
"La descentralización,
la amplia autonomía provincial, engendran una administraci6n
que está más cerca de los ciudadanos y éstos
pueden participar con más facilidad en sus decisiones y,
ocasionalmente, impugnarlas. Toda esta experiencia vivida por
el pueblo vasco ha de dejar huellas profundas y duraderas."
El carácter foral del Estado carlista vasco queda de manifiesto en que, cuando el Rey Don Carlos hace guiños reaccionarios a los compradores de comunales y a los propietarios en el Manifiesto de Morentin de 1874, la Diputación a Guerra de Alava y la Junta Gubernativa de Navarra dictan, imperturbables, órdenes declarando antiforales las ventas de comunales y multando a los compradores. El Estado carlista vasco funciona de facto como un arma de las masas rurales vascas en la encarnizada cuestión agraria.
Cuando la derrota se abata
sobre esas masas rurales vascas sufrirán una cuádruple
pérdida: la de la guerra, la de su Estado, la de sus Fueros
y la de la larga lucha agraria de los tres primeros cuartos del
siglo XlX. Que se grabarán al rojo vivo en su memoria colectiva.
La importancia de esa memoria
colectiva para el actual "problema vasco" se redobla
si se tiene en cuenta que la gran mayoría de esas masas
rurales vascas (derrotadas y expoliadas de sus Fueros, de su Estado
y de sus intereses agrarios), tienen la convicción de haber
sido derrotadas por un ejército extranjero. Convicción
anclada en hechos: al final de la guerra 160.000 hombres de los
que más del 90% no son vascos configuran el ejército
alfonsino frente a un ejército carlista de 40.000 hombres
casi todos vascos. Pero convicción anclada también
por la eficacia de una propaganda ideológica intensísima
que Vicente Garmendia ha estudiado exhaustivamente en La Ideología
carlista (18681876) (Diputación Foral de Guipúzcoa,
San Sebastián, 1984). (32)
Son evidentes las consecuencias que todo esto tendrá para el Estado español de la Restauración y su Constitución española de 1876 en Euskadi Sur, aquejándoles de un crónico déficit de legitimación. Como lo son las consecuencias que tendrá para la creación del caldo de cultivo propicio para la formulación del nacionalismo vasco como proyecto politico.